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"Marcas de autor" por David Jurado

Marcas de autor...o cómo asegurarse una compensación permanente por los derechos

Artículo de David Jurado (socio de EUROFORO ARASA DE MIQUEL) publicado en el suplemento Togas de La Vanguardia el 27 de febrero de 2014

Todas las obras (literarias, musicales, cinematográficas…) pueden ser patrimonialmente explotadas permaneciendo a buen recaudo los derechos de autor hasta la muerte del creador y un plazo adicional de setenta años (ochenta en algunos casos). Transcurrido dicho término, la explotación de la obra pasa a ser de dominio público, lo que conlleva que los titulares hereditarios de estos derechos vengan estudiando desde siempre fórmulas jurídicas al objeto de prolongar beneficios.

Pues bien, la experiencia demuestra que la vía óptima para obtener el objetivo (asegurarse una compensación permanente por los derechos) pasa por crear una marca, lo que comporta un derecho indefinido (obviamente siempre que se renueve el registro), superándose de esta forma la limitación en el tiempo de los derechos económicos de propiedad intelectual, perpetuando la obtención de ingresos económicos a partir de las licencias de marca.

Los casos, argucias y polémicas suscitadas por estas “marcas de autor” resultan muy variadas y aleccionadoras. Entre estos supuestos resultan significativos los que recaen sobre personajes famosos, cuya “marca personal” es capaz de generar multimillonarios ingresos si se gestiona correctamente con el objetivo de asegurar, generación tras generación, pingües beneficios a los herederos.

El deseo, conseguido o no, de perpetuar derechos de autor viene de lejos. Albert Einstein estipuló en su testamento que la Universidad de Jerusalén ejercería sus derechos de imagen y esta registró su nombre como marca. En nuestro país, el arquitecto Antoni Gaudí, sin herederos, legó sus bienes a la junta constructora del Temple Expiatori de la Sagrada Familia, a la cual le hubiera correspondido el derecho a registrar la marca, lo que no sólo no hizo en su momento, sino que tampoco se opuso a que la empresa catalana “Gaudí Barcelona” registrara varias marcas con el apellido del célebre arquitecto (apoyándose en la legislación anterior que, a diferencia de la hoy vigente, no prohibía el registro de nombres propios aunque el solicitante no se llamara así).

En el ámbito literario nos encontramos con el caso del autor Lewis Carrol y su “Alicia en el País de las Maravillas”, obra pública desde mediados del siglo XX y que puede reproducirse sin ningún coste. Sin embargo, adaptaciones posteriores pueden cambiar el ámbito de la seguridad jurídica. Por ejemplo, la adaptación de esta obra por parte de Walt Disney, en el año 1951, sigue hoy estando protegida por los Derechos de autor (en concreto la adaptación del guion cinematográfico) y de marca (las representaciones gráficas de los dibujos animados).

Otro caso es del personaje Popeye, que forma también parte del dominio público desde el año 2009 pero una empresa ha registrado su nombre como marca y no puede ser utilizada de manera gratuita para la comercialización de alimentos, creación de espectáculos o publicidad en general.Esta misma política de registrar a las marcas ha sido usada para personajes de ficción tan famosos como Superman, Mickey Mouse, Bugs Bunny, Snoopy o Harry Potter.

La última polémica sobre los derechos que nos ocupan se ha producido respecto al célebre Sherlock Holmes. Recientemente un juez federal norteamericano declaró que los relatos publicados anteriores a 1923 pasarían al dominio público. Ahora bien, como sea que algunos personajes creados por el autor fueron registrados como marca, la realidad práctica de que Sherlock Holmes pase a ser un bien público queda más que matizada.

Otra y significativa polémica reciente, en este caso relacionada con una persona real, la han protagonizado las hijas de Nelson Mandela en su batalla para beneficiarse, tras la muerte de su padre, de sus derechos de imagen; y es que Madila, no sólo registró su nombre, sino también otras denominaciones relacionadas con su imagen, incluido el número que lo identificó durante sus 27 años en prisión (46664). También consta registrada su famosa imagen levantando el puño, símbolo de libertad y paz, y que se ha utilizado en multitud de elementos promocionales.

Un último ejemplo viene representado por las “tops models”, blindando en los tribunales el emporio de sus marcas.

Elle McPherson fue la pionera en la construcción de un entramado legal para perpetuar la explotación de sus derechos de imagen. A sus 50 años mantiene más de 20 marcas por todo el mundo.

Por su parte Cindy Crawford posee 10 marcas y recientemente ha visto estimada una demanda dirigida contra un español por la utilización de “cindycrawford.com”, portal que dirigía al usuario a una página pornográfica.

Por último, Heidi Klum ostenta el imperio más importante: 30 marcas registradas en todo el mundo y un equipo de abogados que pleitea constantemente con quién pretende aprovecharse de sus marcas aunque sufriendo alguna vez descalabros procesales como cuando tuvo que abandonar su línea de joyas por la estimación de la demanda interpuesta pon Van Cleef & Arpels por el uso de un trébol en algunas piezas.

En definitiva, el objetivo en todos los casos citados resulta diáfano: a través del derecho indefinido de marca se trata de superar la limitación temporal de los derechos económicos de autor. De esta forma, los herederos pueden asegurar beneficios permanentes y consiguen una especie de privatización de una obra que en teoría se encuentra en el dominio público.

David Jurado, abogado y socio de EUROFORO ARASA DE MIQUEL